
Fue idea mía. Lo de ir a Budapest, digo.
Yo ya había estado en Tallín y aseguré a mis amigos que lo mejor para divertirse era viajar a Europa Oriental. Sin abusar de manidos tópicos: mujeres desinhibidas y alcohol barato. Tallín resultaba algo cara para nuestros maltrechos bolsillos estudiantiles, se había puesto de moda en los últimos años. Cuando yo fuí aún era una semidesconocida puta locura, maravillosamente viciosa ciudad. Había caido en las garras de la comercialidad y de las rutas turísticas bálticas para familias y ancianos, todos forrados por lo visto. En cambio, Budapest paracía conservar su virginidad soviética y su dionisíaco furor uterino neoliberal. Iba a ser un excelente Año Nuevo en la capital europea del porno. Pasaríamos cuatro días borrachos por el precio de un café español y entraríamos en muy enriquecedor intercambio cultural con húngaras altísimas, miopes y con escasos escrúpulos.
Llegamos de noche, muy entrada. Pactamos una carrera razonable con un taxista de aceptable inglés que nos dejó cerca del hotel tras indicarnos las tarifas de cada una de las putas que nos cruzábamos, más de una docena. Casarrubio se encabritó con tanta carne y tan barata y requirió del taxista la misma prolijidad informativa en cuanto a las drogas. Como aquello le resultó de todo punto inmoral es por lo que antes dije que nos dejó CERCA y no EN LA PUERTA. Deambulamos por Ferencvaros hasta, al fín, dar con el hotel. Ferencvaros es el perfecto ejemplo de mastodóntica inutilidad soviética. Amplísimas avenidas lúgubremente iluminadas y siempre desiertas, bordeadas de colmenas enmohecidas de apartamentos desconchados.
El viaje nos había derrotado. El avión salió con tres horas de retraso. Nos regalaron unos bonos-merienda para canjear por algún tentempié de la cafetería del aeropuerto mientras nos llegaba la hora de embarcar. Por las molestias. Los gastamos en cervezas y una botella de tequila del dutyfree. Como entre la espera embarque vuelo nos lo habíamos mamado todo, llegamos algo dañados y nos echamos a dormir. En el ínterin el cabrón de Jako se echó los cuescos más hediondos para desgracia del pasaje e hilaridad nuestra. Pero la peste era abusiva y me refugié en los asientos de cola, junto a las bellas azafatas húngaras quienes en su extrañísimo idioma se cagaban en nuestros putos muertos sin disimular su desdén.
Resulta que sí, que Hungría es muy barata. El alcohol, lo que en gran medida junto a sus mujeres nos atraía de aquel país también. Pero no las propinas. Nos hacían pagar propinas por el valor de lo consumido. No proporcional, POR EL MISMO VALOR. Nos vieron cara de huevones, pero las camareras estaban muy buenas así que, aún reticentes y desconfiados, nos rascábamos los bolsillos.
Los taxistas ni siquiera tenían la deferencia de camuflar su engaño flagrante y alevoso recurriendo a la indeseable institución de la propina, sencillamente nos robaban a manos llenas alegando que el taxímetro no funcionaba o un total desconocimiento del inglés más elemental. En otros casos ni justificaban su atraco, se limitaban a bajar la bandera de un taxímetro con más revoluciones que la Francia decimonónica. Nos distraían con un raudal de trípticos informativos impresos por este o aquel tabledance y nos ofrecían las chicas más calientes a los precios más bajos del orbe para después abandonarnos en mitad de la fría estepa de asfalto postcomunista ante nuestra insolvencia económica para el sufragio de las putas y de la alucinada carrera que pretendían abonasemos. Pasamos de los taxis y recurrimos al metro. No veíamos que nadie pagase nada parecido a un billete, de manera que, tras varios viajes, decidimos que tampoco nosotros pagaríamos. Además, no se veía ni un revisor en aquellos oxidados vagones chirriantes. La primera y última vez que nos colamos, nada más salir del vagón camino de las escaleras mecánicas que a una velocidad inusitada conducían a la calle, cayó sobre nosotros una astronómica multa. En Budapest los revisores van de paisano y sólo se hacen notar cuando oyen idioma exranjero. Un húngaro ceñudo me mostró sus credenciales cuando ganaba la escalera mecánica. Pasé de él. Mis amigos no. Tampoco un nutrido grupo de españoles de mediana edad. Por lo visto aquel húngaro hubo de pedir refuerzos porque no se daba abasto para poner tanta multa. Se calzaron las botas los hijos de puta. Tuve que esperar más de media hora a mis amigos, quienes trataron de zafarse negando conocer cada una de las lenguas que a diferencia de los taxistas parecían dominar los revisores del metro budapestino. Acabaron por pagar porque les dio la risa cuando el revisor les preguntó si hablaban swahili, en swahili.
Las húngaras solo se desinhiben al ritmo que marca el tintineo de la plata. En las discotecas no había más que tíos, eran los peores campos de nabos jamás hollados por pie humano. Las pocas pibas que se dejaban ver entre tan tupida fronda de vergas eran de pago. Eran putas, vamos. Putas reputas. Tratábamos de entablar, no ya conversación sino inocente acercamiento de espacios vitales, y aquellas zorras no tardaban en escupir un muy bien estructurado menú de favores sexuales con sus respectivos precios. Ni se dignaban sonreir mientras hablaban de comerte la polla por nosecuántos miles de florines. La cosa es que, en principio, no eran nada caras y estaban bastante potables, pero viendo la ratio de tíos en celo por hembras receptivas, la idea de follarnos a alguien que había chupado tantas pollas en una noche por tan poco dinero no era demasiado atractiva. Propina de la hostia aparte, claro. Y eso sí que no, pasábamos.
Una noche Todolí creyó ligar. Dos húngaras imponentes intercambiaron algunas frases con él y en ellas no había rastro de trueque carnalmonetario. Poco después colocaron sus bebidas en nuestra mesa, nos obsequiaron con sus refulgentes sonrisas y excelentes escotes y se marcharon. Todolí, y por extensión el resto de nosotros, les hacíamos el favor de vigilar sus tragos mientras ellas iban al servicio a follarse a un par de benditos por la suerte. Al menos no nos pidieron dinero a cambio. Todo un avance.
En Budapest hay multitud de manantiales termales, así que el baño público es una tradición milenaria. De entre la variopinta oferta disponible optamos por la más antigua: unos baños erigidos por los turcos en el siglo XVII. Eran estrictamente masculinos, personalmente los hubiera preferido mixtos, y mis amigos también, pero la abismal diferencia de precios nos ayudó a olvidar nuestras veleidades libidinosas por unas horas.
El edificio era hermoso, viejísimo, coronado con una pequeña cúpula de estilo bizantino. Pagamos una hora de baño con derecho a sauna y subimos unas escaleras. Arriba recibían unos húngaros cincuentones en taparrabos con bastante cara de pedófilos homosexuales, supusimos que ello formaba parte de toda una performance destinada a meter en harina al turista. Había que hacer cola, los vestuarios estaban de bote en bote. Eramos el único grupo de cuatro. En la cola solo veíamos conversaciones de a dos, u hombres solos, todos con rostros similares a los de los recepcionistas en taparrabos. Nos entró una risa nerviosa, sobretodo al ver salir un gringo coloradote con muy mal semblante y caminando como si hubiese cruzado el Atlántico en moto acuática.
Nuestro turno, nos dieron dos cubículos y cuatro sábanas semitransparentes. Tratamos de hacer comprender al guía húngaro en paños menores que para cuatro tiarrones barbados y vellosos sólo dos cubículos exigía un cariño mutuo que no estábamos dispuestos a profesarnos. Se la sudó y tocó compartir, yo con Casarrubio y Todolí con Jako. Casarrubio y yo nos vestimos de romano con las sábanas y, viéndonos, Todolí y Jako también se togaron. Encontramos el calidarium. Golpeados por la niebla espesísima creíamos haber quedado ciegos repentinamente, la densidad del vapor no se cortaba con cuchillo sino a alfanje y firme brazo. Al fin nos hicimos a la corta visibilidad, una amplia sala bajo la cúpula bizantina albergaba la piscina de agua caliente, una grada de tres escalones bajaba hasta el fondo y pares de hombres de todas las edades la ocupaban. Nos observaban y cuchicheaban, seguramente por el uso peculiar que dábamos a las sábanas, nos despojamos de ellas y entramos. El agua no cubría por encima de la cintura y estaba a una temperatura ideal. Nos pusimos en el centro ante la imposibilidad de ocupar ni una sola porción de grada de tan concurrida. Chapoteábamos inocentes sumergiéndonos en aquel caldito reparador, era el primera rato agradable desde que habíamos llegado a la capital húngara. HASTA QUE LOS VIMOS. Dos ancianos adiposos de níveas coronillas se besaban apasionadamente dejando ir sus laxos cuerpos grada abajo. Nos quedamos helados. Un poco más allá otra de las parejas también pasaba de la charla a media voz a los arrumacos preliminares y, junto a ellos, dos algo más jóvenes ya entrelazaban lengua sin ningún pudor. Al otro lado un bañista abrazaba a su pareja por detrás mientras ambos nos miraban fijamente. Cuatro o cinco dejaban la grada y nadaban en círculos cada vez más estrechos, cercándonos como tiburones. Huímos a la sauna, un rubio arrastraba a un chino tirando de la correa de perro que le acababa de anudar al cuello. Casarrubio y yo estábamos muertos de risa, Todolí no tanto y Jako sufría un pavor cerval, nos suplicaba que saliésemos de aquella orgía de mariconas en la que tarde o temprano seríamos sacrificados. Nos negamos en redondo, con rotundidad nos reafirmamos en que una hora habíamos pagado y una hora nos quedaríamos, la lubricidad de unos cuantos julandrones no nos iba a derrotar. Justo acababa yo de de hacer esta orgullosa declaración de principios y acalorada declamación de retórica viril cuando un negro descomunal posó lánguidamente su trompa sobre mi hombro. Abandonamos la sauna despavoridos y convinimos que soldado que huye sirve para la siguiente batalla. Nos sentíamos mancillados como doncella ultrajada, nos lavaríamos antes de largarnos de aquella cabullera de súcubos desviados, mis amigos se precipitaron a las duchas, yo cometí la insensatez de meterme en el frigidarium, pensé que el agua helada desinfectaría la aberración. Craso error, dos morlacos calvos y de enormes bigotazos me siguieron. Ya los tenía encima, trataba de salir de la piscina pero eran jenízaros veteranos de mil guerras y me cerraban el camino a la escalerilla. Ya se me arrojaban, los ojos inyectados de sangre y las vergas enhiestas como cimitarras, cuando alguien me levantó en vilo y me sacó de la piscina agarrado de los sobacos. Era Jako, se quedó cerca, velando mi baño en vista de las aviesas miradas que los mamelucos me dedicaran desde que me zambullí. Alinstante topamos con Todolí y Casarrubio, escapados de las duchas y totalmente enajenados por la visión de un tío meneándosela desesperadamente mientras los observaba.
Logramos salir enteros, no pudimos reprimir un último vistazo a aquellas mazmorras de sodom: un calvo hacía una gayola subacuática a un melenudo entregado al placer. Un pobre gringo gordito trataba de escapar del calidarium con el bañador desgarrado y presa de la líbido furiosa de tres viejos sacos de huesos que querían seguir hincándole el diente al desdichado anglosajón lloroso. No lo lograba. Tampoco nos atrevimos a rescatarle.
Comprando la eficiencia de la gorda recepcionista del hotel con una generosa propina nos enteramos de una prometedore fiesta HETEROSEXUAL de nochevieja. Junto a la estación de ferrocarril conciertos de rock gratuitos en un escenario al aire libre. Nuestro dinero se agotaba y necesitábamos imperiosamente seguir conductas masculinas, el rock gratis nos sentaría bien y el frio año viejo húngaro curtiría nuestras pieles afrentadas. Nos aprovisionamos de cervezas como para emborrachar a toda la marina británica y nos pusimos en marcha.
Los grupos no tocaban nada mal, los temas eran conocidos y el frío soportable, la birra húngara, aunque muy aguada, se dejaba beber. Las tías estaban bastante buenas, algunas mucho. Esta vez sí, nos había costado tántos días pero Budapest SÍ MOLABA.
Casarrubio regresó cagado de la risa de los servicios de la estación, según él cuando acababas de mear un tipo con síndrome de Down te obligaba a lavarte las manos. Quisimos verificarlo. Era cierto, traté de eludirlo y agarrándome de las solapas del abrigo me plantó frente a la pila y abrió el grifo. Era retrasadísimo e inexplicablemente fuerte, de manera que obedecí, no se le fueran a cruzar los cables.
Seguimos tomando, Are you gonna be my girl, todo fluía por cauces más que aceptables. Born to be wild y descorchamos el champagne húngaro que habíamos adquirido con las birras. Y de repente se acabó la fiesta. Joder, eran las 12 y media. Creímos que se trataba de una bromita de los organizadores. Cuando fuimos los únicos que quedábamos frente al escenario empezamos a preguntarnos si no sería que efectivamente se había acabado la fiesta. Cuando los operarios desmantelaron la paraeta nos cagamos en todos los muertos del hijo de la grandísima puta que había defecado aquella ciudad sobre la faz de la tierra con un único propósito: joder la vida a turistas incautos como nosotros.
No era ni la una, aquel viaje debía ser el de nuestras vidas y a cada paso que dábamos en cada uno de los días que pasábamos allí todo se iba convirtiendo en una gonorrea mayor. No era ni la una del primero de enero de 2007 y no quedaba ya nada abierto. Ni un miserable bar de borrachos incontinentes.
Jako seguía muy afectado por el inenarrable trauma que supuso nuestra osada aventura en los baños turcos, estaba obsesionado con irnos de putas o a un tabledance, si no veía pronto una teta iba a suceder un dos de mayo. Preocupados por la salud mental de nuestro amigo y sin mucho más que hacer aquella nefasta noche del nefasto viaje a aquella odiosa ciudad, le complacimos. Tras dar vueltas por Budapest en un taxi conducido por un bastardo sin moral-otro más-, recalamos en un antro llamado MAMBO donde, según los trípticos publicitarios, se encueraban las VERDADERAS BELLEZAS ESLAVAS. Lo cierto y verdad es que si aquella pandillas desganada y vulgar la integraba la flor y nata de la beldad eslava Friedrich Nietzsche, al verlo, se habría circuncidado. Una rubia hipermusculada de ademanes militares y estética fascista nos sirvió cuatro Guinness por 60000 florines. Sesentamil florines vienen a equivaler a unos 300 euros, lo cual, por cuatro cervezas, es algo más que abusivo. De las caras que pusimos Rudger Hauer dedujo que no teníamos intención de cambiar nuestras herencias por unas birras, así que llamó al verrendo de la puerta para que nos animase a aflojar la lana. No se si fue por el miedo a ser vapuleados por aquel mastuerzo cejijunto de cuello triple y cabello al rape o a serlo por la teniente O´Neill, la cual nada tenía que envidiarle a aquella montaña de carne en cuanto a musculatura y mala hostia, el caso es que nos deshicimos de nuestros dineros y de la poca dignidad que aún nos quedase sin oponer resistencia. Al menos nos aseguramos de que la propina iba incluida en los sesentamil. Después sí, la chicas hicieron un poquito de barra, se despelotaron y osaron pedirnos que las invitasemos a una botella de cahmpagne. Ante la que me lo pidió a mí, más parecida a un caballo percherón que a una stripper, me excusé con que era un pobre estudiante mucho más empobrecido tras visitar su lugar de trabajo. Todolí fue algo menos delicado y le sugirió a la suya que si quería beber algo no tenía más que bajarle los pantalones y amorrase al pilón y no se le ocurriese pedir propina después. A Jako y Casarrubio ni se acercaron, tal era el gesto de descomposición que se les había quedado después de expolio semejante.
El resto de días no abandonamos la habitación, no teníamos un florín y nos aterraba la posibilidad de ser robados de nuevo, intimidados esta vez por la dentadura postiza de una anciana con alzheimer o el sonajero de un bebé con espina bífida. Jako ni abandonó la cama, el shock nervioso en el que entró tras nuestro paso por el MAMBO avanzaba invicto aniquilando su alma tan vejada.