sábado, 24 de noviembre de 2007

Lo escribí "alla maniera", pero tenía 18 años


Aquel tío era simpático, la estrella de aquella mugrienta cueva en la que se trasegaba vino barato y cervezas, cervezas calientes porque la nevera se había jodido hacia un par de años y al dueño no le había apetecido ni cambiarla ni llamar a un técnico. Me importaba un carajo, encontrar un tercio de cerveza nacional a veinte duros era poco menos que imposible en aquella puta ciudad de Valencia, a ese precio era capaz de beber meada de perro. No era por tacañería, simplemente se debía a mi condición de estudiante, no trabajaba ni pensaba trabajar hasta que terminase la carrera, así que no nadaba en la abundancia; vivía en el cuartucho infecto de una residencia estudiantil y el poco dinero que mis padres me enviaban volaba a los dos días en alcohol marihuana y putas, consecuencias de mis correrías con los compañeros de residencia. De ahí que me viera obligado a frecuentar los locales de mala muerte situados en los alrededores de la plaza del Carmen.
Como iba diciendo, aquel tipo que reía invitaba a vino bebía como cosaco le metía mano a una zorra trasnochada me cayó bien.
Cuando se hubo cansado de la guarra decrépita y de toda la pandilla de aduladores que reían sus chistes a cambio de un trago de peleón nos mandó a todos a tomar por culo, arrojó a la puta contra una mesa en la que unos moros tomaban té y se metió al retrete a cagar. Viendo que ya no habría más vino gratis-al menos por esa noche-, los aduladores se largaron en tropel, de manera que allí solo quedamos el dueño, la puta inconsciente y sangrándole las ñoras,los moros de la mesa contra la que se había estrellado la puta- ni se dignaron mirarla, se limitaron a continuar flemáticamente con sus tés de frutas- y yo, que me había propuesto entablar conversación con aquel individuo y ver si con un poco de suerte me pagaba una cerveza.
Salió de los urinarios, oteó en derredor suyo, se rascó los cojones insistentemente y regresó a su mesa, donde reanudó el duelo con el brick de Casón que aparentemente había dejado a mitad.
La ramera se levantó, el rostro lo traía ensangrentado y la nariz aplastada.Titubeó unos pasos hacia mi, se apoyó torpemente en la barra, justo a mi lado. La maldita zorra apestaba, qué asco, coño. Ante mi gesto de náusea la hedionda se tambaleó hasta la puerta y la perdí de vista.
Quería hacerme amigo de aquel bohemio pasado de rosca que, entre latigazo y latigazo de vino directos del cartón, garabateaba algo en un pequeño block de notas, pero no sabía cómo acercarme a él sin parecer un capullo o, peor aún, un marica. Levantó un par de veces la vista, me pilló observándole atentamente y a la tercera se le hincharon las pelotas:
-¿Qué coño pasa contigo, eres maricón?
- Jódete, abuelo, si quieres culito te buscas un chapero
El tío rió estrepitosamente y me invitó a sentarme con él, dijo que era cachondo y que le había caido bien. Me preguntó que hacía le dije que estudiaba, él nunca había ido a la universidad pero era el escritor más grande del siglo XX.
-Coño, abuelo, pero ¿quién eres tú?
Me dijo su nombre, se llamaba Henry Chinaski pero podía llamarle Hank.
-Yo soy Charles Bukowski- Al oirlo se descojonó en mi joven rostro y me dijo que el bueno de Charlie la había diñado hacía 8 años y que si yo era Charles Bukowski el coño de mi madre era patrimonio de la humanidad. Eso me cabreó, con mi familia no se jugaba, por muy Henry Chinaski que aquel viejo fuera se iba a llevar un par de hostias. Y se las llevó.
-Hostia, niño, eres bueno, pegas duro-Dijo levantándose pesadamente del suelo, a donde había ido a parar tras el segundo puñetazo, que lo hizo caer de espaldas derribando con él la silla, la mesa y el vino.
Nos sentamos en otra mesa y pedimos unos tercios. Mientras esperábamos la bebida, saqué un diminuto resto de costo y lo dejé caer sobre la sucia tabla de mármol.
-Hazte un porro, abuelo
Picalagartos, el dueño, quien en sus ratos libres se dedicaba al transformismo, depositó dos botellines de mahou y se fue para la mesa de los moros a separar a dos de ellos que discutían acaloradamente y que ya habían echado mano de los pinchos.
Hank quemó la miga verdosa, rasgó un ducados, mezcló, tomó un papelillo que le hube alargado y lió un grueso canuto del que dimos cuenta entre largos tragos a nuestras cervezas. En referencia al uno-dos con que lo había enviado a comer baldosa díjome que de joven también él había boxeado de vez en cuando, siempre y cuando, claro está, sus dos actividades capitales, beber y follar, no requiriesen de toda su atención. Me contó como en cierta ocasión tuvo el enorme placer de partirle la cara al enorme megalómano hijo de la gran puta de Ernest Hemingway.
Picalagartos no conseguía separar a los dos moros, quienes se lanzaban cuchilladas con bastante mala hostia. En vista del cariz que cobraban los acontecimientos Hank decidió que lo mejor era buscarnos un local más tranquilo donde continuar la charla. Dejó un billete de mil en la barra y salimos de allí, justo en el momento en que uno de los moros degollaba al otro. Hank andaba algo cocido, así que habíase de apoyar en mi hombro para poder caminar con garantías de no acabar desnucado. Cruzando la plaza del Carmen topamos con un hombre mayor, rechoncho y de espesas barbas blancas.
-¡Hombre! A quién tenemos aquí, si es el bueno de Ernie... ¿cómo vas, Hem, sigue sin levantársete?
-Jódete, Chinaski, hoy no estoy de humor
Aquel vejete no era otro que Ernest Hemingway, cansado, triste, impotente y canceroso. Arrastraba los pies en dirección opuesta a la nuestra y una escopeta recortada.
-¿Dónde llevas esa chata? No será alguna nueva perversión, Hem...en fín, tanto llevarla de acá para allá se te acabará disparando en los morros
-Y a tí seguramente se te pondría morcillona si eso sucediese
-Joder, Ernie, con lo que yo te quiero...Por cierto, te presento a mi acompañante en esta calurosa noche de transgresión moral, Charles Bukowski. Charlie, este adiposo vejestorio que te estrecha la mano es el ínclito Ernest Hemingway
-Encantado
-Un placer, señor Hemingway
-No es que el chico sea muy hablador, pero estás ante un par de buenos puños e intuyo en él a un prometedor filósofo del dolor
-Hostia, abuelo, muchas gracias
Hem se despojó de una bastante ajada chaqueta americana que otrora fue blanca, apoyó la chata en un banco, colgó de ella la chaqueta y poniéndose en guardia frente a mi me retó:
-A ver esos puños, niño
-Joder, Hem- Protestó Hank- Estás hecho una abuela, ¿no ves que te va a machacar?
- Cállate, Chinaski, desde que te aplasté aquel puro en la cara no he encontrado un rival decente
Dicho esto me largó un directo que esquivé sin demasiados problemas. Desequilibrado, el pobre Hem se fue al suelo sin dejarme siquiera tocarle la cara. Torpemente se levantó, púsose de nuevo la chaqueta, tomó la recortada y, sin despedirse, se marchó.
-¡Adios, Hem!-Gritó Chinaski-No te suicides, ¿eh?
Minutos después un estampido desgarró el silencio nocturno y nosotros bebimos a la salud del difunto Ernie.

No hay comentarios: